"¿Cuántos años habían pasado? Más de diez, eso era seguro. Ella llevaba la cuenta: eran 13 años... y meses...
¿Qué había aprendido en esos años?
¿Qué había asumido en esos años?
¿Qué había vivido en esos años?
Con su muerte, no sólo moría una sola persona, sino que morían cuatro. Morían cuatro personas, siendo que en la realidad, sólo era una la que la abandonaba para siempre, pero las otras tres prácticamente no existían en su vida. La que la dejaba era la que había hecho el papel de cuatro, era la que había asumido, quieriéndolo o no, el rol de cuatro personas que debían ser importantes en su vida... lo serían, pero ella no se daría cuenta hasta muchos años después.
Habían pasado tres o cuatro años, cuando asumió la real pérdida y lo qué significaba en su vida. Habían pasado tres o cuatro años, cuando asumió que la partida de esa mujer la marcaría eternamente, y sería un referente para todo lo que ella emprendiera.
Al momento de asumir el dolor, asumió sin darse cuenta el odio... Sí, era odio. En ella se generó y habitó el odio hacía aquellas tres personas que estaban aún con vida, pero que no existían en realidad para ella. Ese odio se volvió inmune a palabras, a gestos, a situaciones, y se alimentaba cada día más y más del dolor de aquellas personas que la lastimaron tanto cuando ella aún era una niña.
Ella reía y era feliz cuando una de ellas estaba adportas de la muerte, pero ella no quería que muriera. No, eso significaba la paz para el muerto y un castigo no pagado... No, ella quería que siguiera sufriendo, que fuera conciente y viviera en carne propia el dolor que ella sintió por muchos años.
El odio que habitaba en ella era tan enorme que nada lo aplacaba, ni siquiera la tristeza de uno de sus pilares. Sabía dentro de sí que ese pilar necesitaba apoyo y cariño, se lo daba, pero no era capaz de disimular el odio que habitaba. No la obligaban, pero al ver dañado y entristecido a su pilar, sabía que debía abandonar un momento su felicidad, y dar paso a la comprensión y al cariño... y quizá, permitir que el engaño entrara para ocultar su verdadera careta.
Pasó mucho tiempo y la situación seguía igual, sólo que otro pilar intentaba hacerle ver que el odio no era sano, no era sensato. Sólo la dañaba, y no causaba daño a quien iba dirigido. Lo más irónico de todo era que ese pilar había sido receptor de muchas acciones dañinas por parte de quien más ella odiaba. Ese pilar le hablaba de perdón, a pesar de haber sufrido humillaciones por parte del odiado... ¿Cuán grande podía llegar a ser ese pilar si era capaz de perdonar a quien tanto daño le causó? Sabía que debía escuchar y hacer caso a ese otro pilar, pero cuando uno odia está ciego de corazón, ojos y oídos.
En algún momento, después de otros tantos años, volvió a caer enfermo este ser odiado, grave, desahuciado, prácticamente inconciente. Ella lo vió, ahí, agonizante, incapaz de reconocer a nadie, y sintió pena, dolor por verlo así... Arrancó, huyó cuanto pudo a llorar, a dejar fluir sus lágrimas, tanto de pena como de alegría. Pena, porque le dolía verlo así, le dolía ver cuánto había sufrido y aún seguía sufriendo. Alegría, porque se dió cuenta que ya no lo odiaba, en su corazón y alma no existía ese sentimiento. Se dió cuenta que en ella habitaba ahora el respeto, respeto por ser quien era en su vida.
Cuando podía iba a verlo, no lo quería, pero ahora lo respetaba. Extrañas sensaciones y emociones habitaban en ella cuando lo veía como un bebé, dependiente absoluto de otros. Incapaz de reconocer a su familia, incapaz de reconocer sus errores, pero ¿tenía sentido que los reconociera ahora?, ¿de que valía que así fuera?... nada cambiaría, mucho tiempo había pasado, y ya había pagado sus deudas... eso parecía y eso era lo que ella sentía.
Y en algún momento sonó ese teléfono... había muerto hacía veinte minutos. Años pasaron para que pudiera descansar, y ahora descansaba. Ahora podía ver a su hija que tantos años partió antes que él, ver a sus padres y hermanos que también partieron antes que él.
Cuando lo vió, tranquilo, lágrimas corrieron por sus mejillas. Cuando lo tocó sintió aún su piel tibia. Habían pasado sólo unas horas... y le dijo algo que jamás pensó decirle, algo que jamás cruzó por su mente... se acercó a él, le besó la frente, y con un susurro que sólo ella y él pudieran sentir, le dijo "Te quiero, abuelo. Descansa en paz."
Así asumió que, después de tanto tiempo, el cariño habitaba en ella. Hacía mucho tiempo que ya no lo odiaba, el odio fue reemplazado por el respeto, pero en algún momento ese respeto fue reemplazado por el cariño, y no se dió cuenta hasta que él ya no estaba en la tierra de lo que sentía.
Nunca le hubiese dicho que lo quería, hasta el día de hoy duda de lo que sintió su abuelo por ella. Pero ella es feliz al saber que lo quiso y que ese sentimiento habitó y aún habita en su corazón."
Mi historia... tenía ganas de poder plasmar, aunque fuera de esta forma todo lo que viví con mi abuelo paterno. Esa niña que vive todo eso soy yo. Ese pilar que sufre y que ella apoya con una careta es mi padre. Ese otro pilar que le dice que el odio es dañino es mi madre. La mujer que me abandona y que hacía el papel de cuatro abuelos, es mi abuela materna, mi abuela Fabby.